Sarah Mullally fue nombrada líder de la Iglesia anglicana, convirtiéndose en la primera mujer en encabezar la institución desde su fundación hace casi cinco siglos. El anuncio representa un punto de inflexión para una de las denominaciones protestantes con mayor presencia global, que históricamente había reservado sus cargos más altos a hombres.
Mullally llega a este puesto con un perfil poco convencional para el mundo eclesiástico. Antes de ordenarse como sacerdote, trabajó durante años como enfermera y llegó a ocupar cargos de alto nivel en el sistema de salud del Reino Unido. Esa trayectoria en el sector público la distingue de sus predecesores y ha sido señalada como parte de su atractivo institucional: combina experiencia en gestión con una visión pastoral reconocida dentro de la iglesia.


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