Hay un punto en el mapa que, si se cierra, sacude economías en todos los continentes. El estrecho de Ormuz, con apenas 33 kilómetros en su parte más angosta, es el paso obligado de aproximadamente el 20% del petróleo mundial. Irán lo controla desde su orilla norte. Omán y los Emiratos Árabes Unidos, desde la sur. Y la tensión que rodea esa franja de agua no es nueva, aunque en las últimas semanas ha vuelto a ocupar análisis estratégicos y portadas internacionales.
La paradoja es evidente: se trata de uno de los lugares más vigilados del planeta y, al mismo tiempo, uno de los más vulnerables. Cualquier conflicto armado en la zona —sea un bloqueo iraní, una operación naval de potencias occidentales o un enfrentamiento entre fuerzas regionales— dispararía el precio del crudo en cuestión de horas. No es un escenario hipotético menor. Irán ha amenazado en múltiples ocasiones con cerrar el estrecho como respuesta a sanciones o a acciones militares en su contra.


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