"Justo" sigue un camino similar. Originalmente marcaba coincidencia exacta en tiempo o espacio, pero en la conversación chilanga actual opera como conector de acuerdo o validación: "justo iba a decir lo mismo", "justo eso pensé". Su función se acerca más a un "exactamente" o "precisamente", y su repetición lo ha convertido en una muletilla de afirmación social, útil para mostrar empatía o sintonía con el interlocutor.
Muletillas que construyen identidad
Este tipo de fenómenos no es exclusivo de la capital mexicana ni de este momento histórico. Todas las variedades del español —y de cualquier lengua— producen palabras que se vuelven omnipresentes durante ciertos períodos y entre ciertos grupos. Lo que hace particular el caso chilango es la velocidad con que estas expresiones se diseminan y la densidad con que aparecen en una sola conversación.
En redes sociales, usuarios señalan que el vocabulario cotidiano de la ciudad parece haberse reducido a un conjunto acotado de términos comodín. Varios comentarios apuntan a que "genuinamente" —otro término en auge— cumple una función parecida: añadir autenticidad percibida a una afirmación, aunque su presencia constante termine diluyendo ese efecto. La comunidad debate si este empobrecimiento léxico aparente es un problema real o simplemente la evolución natural del habla informal.
Los lingüistas suelen recordar que las muletillas tienen una función social precisa: dan tiempo al hablante para organizar sus ideas, crean cohesión entre interlocutores y marcan pertenencia a un grupo. Desde esa perspectiva, "justo" y "literal" no son síntomas de deterioro lingüístico, sino herramientas de comunicación que reflejan cómo habla una generación en un contexto urbano específico.
Lo que sí resulta claro es que quien visita o se muda a la Ciudad de México aprende rápido estas palabras. Funcionan como señales de integración, de que uno ya entiende los códigos del intercambio verbal capitalino. Y eso, justo eso, dice bastante sobre el peso cultural que puede tener una simple muletilla.