Durante siglos, la proyección internacional de España se construyó sobre un puñado de imágenes reconocibles: el zapateado del flamenco, el arroz con mariscos y la costumbre de descansar al mediodía. Esos elementos, profundamente arraigados en la cultura andaluza, terminaron convirtiéndose en el rostro global de todo un país. El problema, según un debate que vuelve a circular con fuerza en redes sociales, es que ese rostro no representa a todos por igual.
La discusión no es nueva, pero cobra relevancia cada vez que la temporada turística se intensifica y los visitantes extranjeros reproducen los mismos tópicos de siempre. Flamenco, paella y siesta funcionan como un trío casi indestructible en la percepción internacional de España, impulsado tanto por guías de viaje como por el cine y la publicidad de décadas pasadas.



