Cuando la tarjeta SUBE se lanzó en el sistema de transporte público argentino, las quejas no tardaron en aparecer. Largas filas para cargar saldo, lectores que fallaban, una curva de aprendizaje que generó frustración masiva. Hoy, sin embargo, millones de personas la usan a diario sin pensarlo dos veces. Lo mismo ocurrió con Uber: protestas, debates legales, resistencia de taxistas y usuarios por igual. Después, silencio. Y adopción.
Este ciclo —rechazo ruidoso seguido de aceptación silenciosa— parece repetirse con cierta regularidad en Argentina cada vez que una nueva tecnología entra al mercado. No es un fenómeno exclusivo del país, pero allí adquiere una visibilidad particular, en parte porque la discusión pública suele ser intensa y, en parte, porque el contraste entre el antes y el después resulta llamativo.



