Desde su creación, el Mecanismo de Protección Federal fue concebido como una herramienta del Estado para resguardar a personas en situación de riesgo, particularmente periodistas, defensores de derechos humanos y activistas. La premisa era clara: ante una amenaza verificable, el mecanismo debía activar protocolos de seguridad con rapidez. Sin embargo, testimonios recientes apuntan a una realidad muy distinta sobre el terreno.
Lo que ha encendido el debate en los últimos días es la circulación de relatos que describen solicitudes de ayuda rechazadas o ignoradas. Uno de los casos más mencionados involucra líneas de emergencia que, según usuarios, carecen de saldo para operar, lo que impide incluso establecer contacto básico con el organismo. Ese detalle, aparentemente menor, resume para muchos el estado general del mecanismo: un sistema con mandato legal pero sin los medios materiales para cumplirlo.



