Proteger a las víctimas o arriesgarse a criminalizar conductas cotidianas. Esa es la tensión que atraviesa el debate en torno a la Ley Valeria y otras normativas similares que buscan tipificar el acecho —o stalking— como delito en distintos países de América Latina. Una misma ley que para unos representa un avance urgente en materia de seguridad, para otros abre la puerta a interpretaciones que podrían afectar a personas sin intención de causar daño.
El acecho persistente —seguimiento, vigilancia no deseada, hostigamiento reiterado— es una forma de violencia que históricamente quedó fuera de los códigos penales de la región. Las víctimas, en su mayoría mujeres, enfrentaban situaciones de riesgo real sin que el sistema judicial pudiera intervenir de manera preventiva. Leyes como la Ley Valeria nacen precisamente para llenar ese vacío: darle nombre jurídico a una conducta que, aunque no siempre deja marcas físicas, puede escalar hacia formas más graves de violencia.



