Hay algo que muchas personas en Latinoamérica reconocen sin necesidad de que nadie se los explique: el esfuerzo de seguir pareciendo lo que ya no se puede ser. Un corte de cabello en el lugar correcto, ropa de cierta marca, una salida al restaurante de moda cada tanto. Pequeños gestos que, según se debate intensamente en redes sociales, se han convertido en los últimos símbolos de pertenencia a una clase media que se adelgaza con rapidez.
La conversación no es nueva, pero ha ganado fuerza en las últimas semanas. Usuarios de distintos países hispanohablantes comparten con mezcla de ironía y angustia cómo el consumo estético —cuidado personal, espacios bonitos, objetos con cierto diseño— funciona hoy como un mecanismo de defensa social. No se trata de vanidad, argumentan varios comentarios, sino de supervivencia simbólica: mantener una señal visible de que uno todavía pertenece a un estrato que, en los hechos, se está vaciando por dentro.



