Hace décadas que los analistas políticos advierten sobre el riesgo de que la polarización vacíe el debate público de contenido. En Argentina, esa advertencia parece haberse materializado con particular intensidad: la discusión sobre políticas concretas cede terreno ante el insulto, el apodo despectivo y la burla como formas dominantes de intercambio entre sectores políticos opuestos.
El fenómeno no es nuevo, pero sí ha ganado visibilidad en los últimos días. Términos como 'kuka' —usado para descalificar a simpatizantes del kirchnerismo— o 'mandril' —dirigido hacia el otro extremo del espectro— circulan con naturalidad en conversaciones que, al menos en apariencia, deberían girar en torno a propuestas de gobierno, gestión económica o política social. El resultado es un clima donde la identidad del adversario importa más que sus ideas.



