Muchos mexicanos recuerdan épocas en que hablar de modernizar aeropuertos o sistemas de transporte urbano era una aspiración concreta, no una promesa vacía. Hoy, esa misma conversación regresa con un tono distinto: el de la frustración acumulada. En redes sociales, el tema del transporte público ha vuelto a encenderse, y el sentimiento dominante es negativo.
La discusión no es nueva, pero sí ha ganado intensidad. Usuarios señalan que aeropuertos saturados, terminales en mal estado y servicios controlados por grupos organizados son síntomas de un problema más profundo: decisiones de política pública que, en su opinión, sacrifican funcionalidad por narrativa política. La comunidad debate si el llamado populismo en infraestructura —es decir, priorizar proyectos de alto perfil mediático sobre soluciones técnicamente sólidas— ha terminado por perjudicar a los mismos ciudadanos que supuestamente beneficia.



