Durante años, la promesa del streaming fue concreta: pagar una tarifa mensual razonable y acceder a todo el contenido desde cualquier dispositivo. Esa propuesta de valor fue lo que desplazó al DVD, redujo la asistencia a videoclubes y transformó los hábitos de consumo audiovisual en toda América Latina. Hoy, esa promesa luce muy distinta a lo que era.
El modelo que consolidaron plataformas como Netflix, Disney+ y Max ha mutado de forma notable en los últimos dos años. La introducción de planes con publicidad en servicios que originalmente eran completamente pagos, el aumento sostenido de precios y la distribución del contenido más popular entre múltiples plataformas han generado una experiencia que muchos usuarios describen como más cara y menos conveniente que la televisión tradicional.



