Desde 1940, España opera con un huso horario que no corresponde a su posición geográfica real. El país se alinea con Europa Central —una hora por delante del meridiano de Greenwich— en lugar de seguir el tiempo solar que le correspondería. Esa decisión, tomada durante la dictadura franquista para sincronizarse con la Alemania nazi, nunca fue revertida. Décadas después, sus efectos se sienten con particular intensidad durante los meses de invierno, cuando el sol puede tardar hasta las 9 de la mañana en asomarse en algunas regiones.
Ese contexto histórico es clave para entender por qué el debate sobre el horario de verano resurge con fuerza cada vez que el reloj se atrasa. No se trata únicamente de perder o ganar una hora de sueño: el problema de fondo es estructural. España vive con un desfase entre su reloj oficial y su ciclo natural de luz, lo que provoca que los amaneceres sean tardíos en invierno y que los atardeceres se prolonguen hasta bien entrada la noche en verano.



