Más de la mitad de la economía mexicana opera en la informalidad, según estimaciones del INEGI, y ese dato sirve de punto de partida para una conversación que se intensifica en redes sociales: la corrupción en México no es solo un problema de élites o funcionarios, sino una práctica que se reproduce en la vida diaria de millones de personas.
La discusión no es nueva, pero su tono actual resulta distinto. Usuarios señalan que existe una contradicción visible en la forma en que la sociedad aborda el tema: hay indignación ante los grandes escándalos de corrupción gubernamental —obras públicas sobrevaluadas, contratos irregulares, desvíos de recursos— pero una tolerancia mucho mayor hacia conductas similares a menor escala, como la evasión fiscal, el comercio informal sin registro o el pago en efectivo para evitar facturas.



