En redes sociales, quienes han seguido el tema señalan que el riesgo más concreto es el efecto inhibidor sobre la libertad de expresión. Cuando las personas saben —o sospechan— que sus mensajes pueden terminar en un expediente judicial, tienden a autocensurarse. Varios comentarios apuntan a que esto afecta especialmente a periodistas, activistas y ciudadanos que usan aplicaciones de mensajería para organizarse o expresar opiniones críticas.
La comunidad debate si las legislaciones vigentes en países de América Latina están preparadas para regular este tipo de situaciones. La mayoría de los marcos legales de la región fueron diseñados antes de que las comunicaciones digitales se volvieran el canal principal de interacción social, lo que deja vacíos normativos que los tribunales van llenando caso a caso, sin una política clara.
Organismos de derechos digitales han insistido en que cualquier uso de comunicaciones privadas como prueba judicial debería estar sujeto a controles estrictos: orden judicial previa, proporcionalidad y transparencia en el proceso. Sin esos filtros, advierten, el derecho a la privacidad —reconocido en las constituciones de prácticamente todos los países de la región— queda reducido a una declaración de intenciones.
El tema no tiene una resolución inmediata, pero su relevancia es creciente. Más de 500 millones de personas en América Latina usan WhatsApp como su principal medio de comunicación. Lo que los tribunales decidan sobre la privacidad de esos mensajes no es un asunto técnico ni exclusivamente jurídico: es una definición sobre qué tan privada es, en realidad, la vida digital de la ciudadanía.