Hay una contradicción que circula con fuerza en el debate público argentino: mientras el gobierno habla de transformación y reforma, una parte significativa de la ciudadanía siente que lo que se está transformando no es el Estado, sino el tejido social que los sostiene. Esa tensión —entre el discurso del cambio y la experiencia cotidiana del deterioro— es el centro de una conversación que creció en redes sociales durante los últimos días.
En redes sociales, los comentarios no apuntan a un solo problema. Se superponen: la pérdida de referentes culturales, la sensación de que ciertos valores colectivos están siendo desplazados, y una marginalización económica que, según varios comentarios, ya no es abstracta sino visible en las calles. La pobreza extrema y la inflación acumulada aparecen como los factores más mencionados cuando se habla de por qué la vida cotidiana se siente más difícil que hace algunos años.



