México consume más refresco per cápita que casi cualquier otro país del mundo. Esa cifra, documentada por organismos de salud internacionales y estudios de nutrición, es el punto de partida para entender por qué el papel de la Coca-Cola en la vida diaria mexicana genera cada vez más preguntas.
No se trata de un fenómeno reciente. Durante décadas, el refresco de cola se integró a la mesa familiar, a las celebraciones, a los mercados y a las comunidades rurales con una presencia que va más allá del simple gusto: en varias regiones del país, la bebida desplazó al agua potable como opción cotidiana, en parte por problemas de acceso a agua limpia y en parte por estrategias comerciales sostenidas durante generaciones.



