Hay una tensión que recorre la historia de la Iglesia católica: la institución que predica humildad y servicio ha sido también, en distintos momentos, señalada por ejercer poder con dureza. El papa León XIV eligió precisamente el Jueves Santo —una de las fechas más cargadas del calendario cristiano— para colocar esa contradicción en el centro de su mensaje.
En su primera celebración de esta jornada como pontífice, León XIV abogó por una Iglesia que renuncie a la prepotencia. No se trató de una declaración marginal ni de un gesto protocolar: el Jueves Santo es, en la tradición católica, el día en que se conmemora la Última Cena y el mandato del lavado de pies, un símbolo directo de servicio y humildad. Elegir ese escenario para ese mensaje tiene un peso simbólico difícil de ignorar.



