Desde que comenzó la escalada del conflicto en Gaza, los informes sobre víctimas civiles han documentado cifras que superan la capacidad de asimilación colectiva. Sin embargo, dentro de ese universo de afectados, hay un grupo cuya situación específica ha tardado más en ocupar el centro del debate público: las mujeres y las niñas. Organizaciones internacionales de derechos humanos, entre ellas Amnistía Internacional, han señalado que este segmento de la población enfrenta formas particulares de vulnerabilidad que van más allá de las cifras generales de mortalidad.
El contexto importa para entender por qué este señalamiento llega ahora con más fuerza. Los conflictos armados prolongados tienden a invisibilizar a las víctimas según su género: los conteos de bajas suelen presentarse como datos agregados, y las consecuencias específicas sobre mujeres —acceso a atención obstétrica, violencia sexual, desplazamiento con hijos a cargo— quedan subsumidas en estadísticas más amplias. En Gaza, donde el sistema de salud ha colapsado en gran parte de su infraestructura, esas consecuencias se agravan de manera exponencial.



