Hay una contradicción que define buena parte de la política exterior de Donald Trump: el país que fundó la OTAN y la sostuvo durante décadas es también el que hoy amenaza con abandonarla. No es retórica nueva, pero cada vez que la amenaza reaparece, los aliados europeos y latinoamericanos vuelven a preguntarse si esta vez va en serio.
La respuesta corta, según analistas internacionales, es que Trump utiliza la amenaza como herramienta de presión —no necesariamente como un plan concreto—, pero eso no la hace menos disruptiva. La lógica detrás es transaccional: si los miembros de la alianza no aumentan su gasto en defensa hasta el 2% del PIB exigido, Washington no tiene por qué seguir subsidiando su seguridad. Es un argumento que Trump ha repetido desde su primer mandato y que ahora, con más experiencia política, aplica con mayor convicción.


