Durante décadas, México ha enfrentado un problema estructural que ningún gobierno ha logrado resolver del todo: la presencia de organizaciones criminales que operan con relativa libertad en amplias zonas del país. Ese fenómeno, lejos de ser abstracto, se traduce en decisiones cotidianas de millones de personas: qué negocios abrir, por qué calles caminar, a quién pagarle para seguir trabajando.
Sobre ese telón de fondo, la percepción de inseguridad en México sigue siendo uno de los temas que más pesan en la vida diaria de sus habitantes. El cobro de piso y las extorsiones —prácticas mediante las cuales grupos criminales exigen pagos periódicos a comerciantes y pequeños empresarios bajo amenaza de violencia— continúan siendo denunciadas en distintas regiones del país, desde zonas rurales hasta áreas urbanas.



