Hay quienes llegan a la adultez convencidos de que una tarjeta de crédito es una trampa. No la piden, no la usan, y si alguien se la ofrece, la rechazan sin pensarlo dos veces. Esa desconfianza no es irracional: viene de algún lugar, y cada vez más voces señalan que ese lugar suele ser la infancia.
En redes sociales, usuarios señalan que el temor al crédito está profundamente ligado a haber crecido en hogares donde el dinero escaseaba o donde las deudas se vivían como una amenaza constante. Esa experiencia temprana moldea la relación con las finanzas personales de maneras que, según varios comentarios, pocas veces se reconocen o se trabajan de forma consciente.

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