Durante los últimos años, América Latina ha atravesado ciclos de inflación que erosionaron el poder adquisitivo de sus habitantes. Las economías de la región enfrentaron presiones externas —como el alza global de materias primas tras la pandemia y los conflictos internacionales— que se tradujeron en precios más altos en los supermercados y en las estaciones de servicio. Ese proceso, lejos de resolverse por completo, mantiene hoy a millones de familias ajustando sus presupuestos mes a mes.
El problema actual no es nuevo, pero sí persistente. El precio de los alimentos básicos —aceite, harina, lácteos, carnes— y el costo del combustible continúan siendo los dos rubros que más pesan en las economías domésticas de la región. Cuando ambos suben al mismo tiempo, el efecto se multiplica: los productos encarecen en origen porque transportarlos cuesta más, y las familias sienten el golpe tanto al llenar el tanque como al hacer las compras de la semana.



