Hay quienes notan que el supermercado del barrio tiene menos gente. Que el local de ropa del centro cerró. Que el almacén de la esquina ya no vende lo que vendía hace dos años. Esa percepción cotidiana tiene nombre en el debate económico regional: caída del consumo masivo, y está generando una conversación cada vez más intensa entre ciudadanos de varios países latinoamericanos.
En redes sociales, los testimonios se acumulan. Usuarios señalan que el dinero ya no alcanza para lo mismo de antes, que las compras se reducen a lo estrictamente necesario y que los comercios de cercanía —los más sensibles al bolsillo popular— son los primeros en resentirlo. La preocupación no es abstracta: es el precio del aceite, la factura de luz, el alquiler que sube mientras el salario se queda quieto.


