Brasil tiene una historia larga y documentada de tensiones raciales que se remontan a su pasado esclavista, el más extenso del continente americano. Ese contexto hace que cualquier acto que evoque la práctica del blackface —pintarse la piel de negro con fines burlescos o caricaturescos— sea recibido con particular sensibilidad, tanto dentro del país como en el resto de la región.
Con ese trasfondo, una diputada del Congreso brasileño se presentó durante una sesión legislativa con el rostro pintado de negro. El gesto no pasó desapercibido: de inmediato se elevó un pedido formal de destitución en su contra, y la acusación incluyó dos cargos: racismo y transfobia. Los detalles exactos del discurso que acompañó la acción no han sido completamente precisados por los medios disponibles, pero el acto visual en sí fue suficiente para desencadenar la reacción institucional.



