150 años cumple este 2026 la patente del teléfono, y el nombre de Alexander Graham Bell vuelve a estar en el centro de una discusión que va mucho más allá de la historia de la tecnología. Para millones de personas sordas en el mundo —y para sus comunidades en América Latina—, Bell no es solo el inventor que transformó las comunicaciones globales: es también el hombre que dedicó gran parte de su vida a suprimir la lengua de señas y a promover políticas que buscaban eliminar la sordera como rasgo hereditario.
Bell creció rodeado de personas sordas. Su madre tenía una pérdida auditiva severa y su esposa, Mabel Hubbard, también era sorda. Esa cercanía, sin embargo, no derivó en respeto por la cultura sorda. Al contrario: Bell se convirtió en uno de los principales impulsores del oralismo, la corriente que exigía a las personas sordas comunicarse exclusivamente mediante la lectura de labios y el habla, prohibiendo el uso de lenguas de señas en las escuelas. Sus argumentos tuvieron un peso decisivo en el Congreso de Milán de 1880, donde educadores oyentes votaron por desterrar la lengua de señas de la educación formal en gran parte del mundo occidental. Las consecuencias de esa decisión se extendieron por décadas.



