Hay algo paradójico en la recepción de la versión mexicana de La Oficina: lo mismo que genera críticas es exactamente lo que sus defensores celebran. El humor excesivamente local, los personajes que reproducen con fidelidad al típico godín de oficina y las situaciones incómodas que rozan el ridículo son, según una parte del público, el mayor acierto de la producción. Para otra parte, son su mayor defecto.
La serie llegó con el peso inevitable de compararse con un referente global. La versión británica original y su adaptación estadounidense tienen décadas de culto acumulado. Cualquier remake carga con esa sombra, y el mexicano no fue la excepción. El rechazo inicial en redes sociales fue notable: varios comentarios apuntaban a que la producción resultaba demasiado costumbrista, demasiado encerrada en referencias que solo resonarían con quienes han trabajado en una oficina corporativa en México.



