Cada 24 de marzo, Argentina no solo marcha: también escucha. Un repertorio de canciones regresa puntualmente con el aniversario del golpe de Estado de 1976, y lo hace con una regularidad que dice tanto sobre la cultura del país como sobre su historia. No son himnos oficiales ni canciones de moda: son piezas que sobrevivieron décadas y que distintas generaciones adoptaron como propias sin que nadie se los pidiera.
El fenómeno tiene raíces profundas. Durante la dictadura cívico-militar que se extendió hasta 1983, la música fue uno de los pocos espacios donde la resistencia encontró forma. Algunos artistas fueron censurados, exiliados o desaparecidos. Otros lograron colar mensajes en letras que los censores no siempre supieron leer. Esa tensión entre el silencio impuesto y la expresión que se filtraba dejó un legado musical que hoy funciona como memoria activa.



