Esa brecha de dos horas no es menor. Para quienes trabajan en empresas con operaciones en ambos países, coordinan reuniones virtuales o simplemente mantienen contacto frecuente con familiares al otro lado de la cordillera, el desfase puede generar confusiones durante semanas hasta que los calendarios y las rutinas se ajustan. Lo mismo ocurre con vuelos, transmisiones en vivo y servicios digitales que operan en tiempo real.
Un desfase que se repite cada año
El fenómeno no es nuevo. Chile aplica cambios de horario dos veces al año —en septiembre adelanta los relojes y en abril los atrasa— siguiendo una lógica de aprovechamiento de la luz solar. Argentina, en cambio, optó por la uniformidad: desde hace más de una década mantiene un único horario durante todo el año, lo que simplifica la planificación interna pero genera estas asimetrías periódicas con sus vecinos.
El período en que la diferencia es de dos horas se extiende aproximadamente desde fines de abril hasta fines de septiembre, cuando Chile vuelve a adelantar sus relojes al horario de verano y la brecha se reduce nuevamente a una hora. Es decir, durante casi la mitad del año, Buenos Aires y Santiago no comparten el mismo bloque horario que muchos dan por sentado.
Para el comercio bilateral, que según datos oficiales supera los 10.000 millones de dólares anuales en intercambio de bienes, este tipo de desajustes tiene consecuencias prácticas. Los equipos de logística, atención al cliente y finanzas deben actualizar sus protocolos de comunicación cada vez que uno de los dos países modifica su reloj.
El tema resurge con fuerza en Argentina cada vez que Chile realiza el cambio, precisamente porque la diferencia pasa de ser casi imperceptible —una hora— a algo que requiere atención activa. Quienes viajan con frecuencia entre ambos países o gestionan negocios transfronterizos ya tienen incorporado el ajuste, pero para el público general el recordatorio siempre genera sorpresa.