Durante décadas, los sistemas de salud pública en América Latina han operado bajo una presión constante: presupuestos insuficientes, infraestructura envejecida y una demanda que supera con creces la capacidad instalada. Perú no es la excepción, pero en las últimas semanas la situación ha alcanzado un punto de quiebre visible en la conversación ciudadana.
La indignación se concentra en un problema concreto: la falta de medicamentos en hospitales públicos. Pacientes que dependen de tratamientos continuos —para enfermedades crónicas, oncológicas o de alta complejidad— reportan encontrar anaqueles vacíos y respuestas evasivas del personal administrativo. A esto se suma la imposibilidad práctica de conseguir citas médicas en plazos razonables, lo que convierte una consulta de rutina en una gestión que puede tardar semanas o meses.


